Ayuda compulsiva (la historia de la cabra)

Una de las cosas que intento cambiar, y aunque pequeños, voy haciendo avances, es en restringir mi compulsión de ayudar. Cada vez que alguien expresa una necesidad, siento el impulso de hacerme presente a ofrecer una mano, ya sea haciendo yo o buscando o contactando alguien que lo haga. Hasta ahí es buena onda; el problema es cuando tiendo a hacer esto de forma casi generalizada. Si veo que la respuesta a esa necesidad está en mis manos, o cerca de ellas, me nace casi instintivamente ofrecerla sin medida, pero esto muchas veces no está bien. Puede pasar lo que sucedió con la cabra.

Allá por 1995 hicimos con mi familia un viaje fantástico, recorriendo todo el sur argentino en auto. Camino al Glaciar Perito Moreno (en una época donde el camino que conducía a esa magnífica obra de arte de la naturaleza era de ripio), paramos a sacar unas fotos cerca de unas elevaciones rocosas. Levanto la mirada y veo, allá a lo alto, una cabrita, parada con sus cuatro patitas juntas en una saliente pequeñísima, que balaba sin cesar. Es en ese momento que la Mujer Maravilla que hay en mí decidió ir a rescatar a la cabra.

Estuve un buen rato subiendo al mejor estilo escalador (era empinada la elevación), usando pies y manos para asirme al terreno. Finalmente llegué a la cabra!! Y cuando voy a tomarla para bajarla, con una gracia increíble, saltó un metro más allá, se dio vuelta, me miró, y empezó a descender a los saltitos. Cuestión que estaba yo, colgada ahí arriba, intentando descifrar cómo cuernos bajar!. Mientras el animalito muy pancho se alejaba tranquilito. Después de un rato de buen ejercicio físico y de contorsión logré llegar a la base, por suerte sin nada roto… sólo un poco cansada y con varias conclusiones dándome vueltas en la cabeza:

  1. No todos los que parecen atascados quieren o necesitan ser salvados/ ayudados.
  2. Antes de ayudar hay que autopreservarse, para así también poder asistir al otro. De nada sirve salir al rescate y terminar uno y el otro peor que cuando todo empezó.
  3. Aunque suene un poco cruel, muchas veces hay que dejar que cada uno salga de sus propios bretes por sí mismo. Es una forma de crecer, aumenta la confianza y la autoestima. Hay que dejarle al otro el espacio para que lo intente, fracase y aprenda. Darle la oportunidad de tentar sus propios límites, que los reconozca, y que aprenda a pedir ayuda cuando se ve superado realmente.

 Me cuesta, confieso que me cuesta. Pero hoy por hoy intento no ofrecer compulsivamente ayuda, a menos que me sea requerida. Y cuando me piden algo, ahí estoy, al pie del cañón.   

 Sol

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Acerca de Otra Rubia Tarada

Tengo veintitantos años (bueno, ahora ya entré en el terreno de los treinti...) y varias neurosis. Soy una inadaptada social que aún busca un lugar en este mundo, aunque estoy convencida que no lo tengo. Este viene a ser una versión 2.0 y pública de lo que alguna vez fue mi diario íntimo, en donde volcaré mis impresiones subjetivas del mundo y la gente que me rodea... Tal vez con la esperanza que alguien, algún día, entienda mi visión tan particular de nuestra existencia.
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