La primera metamorfosis del año

Continuando un poco con lo comentado el post de Año Nuevo, creo buena parte de que mi balance 2012 diese positivo fue justamente un rito, un pasaje que se dio poco antes que el año finalice: el 14 de diciembre di examen de1er Dan de Aikido, lo que me otorgó el honor de usar un cinto negro después de más de 7 años de práctica continua.

Nos avisaron a mí y a mi compañero de práctica hace unos 3 meses que daríamos examen para fin de año. Por primera vez en tantos años de práctica juntos la noticia nos encontró en bolas, sin preparación y con un millón de dudas; generalmente somos de practicar nuestro siguiente examen con mucha antelación, pero de la forma en que se dieron las cosas en 2011/2012 eso no se cumplió. Así que ahí estábamos, con tres meses metafóricos por delante, ya que de octubre a diciembre hay tantísimos feriados, eventos de fin de año, viajes y otras yerbas que nos restaban días de práctica, para preparar más de 30 técnicas de taijutsu (mano vacía ) + otras tantas de tantô (defensa contra ataque con cuchillo) + 6 ejercicios con jo (bastón corto) + 22 con bokken (réplica de katana en madera) + 3 minutos de ataque libre con 3 o 4 ukes (atacantes) en cada una de las disciplinas (o sea, contra ataques con mano vacía, cuchillo, bastón y sable)… Ufff, me cansé sólo de escribirlo!!!. Todo esto no sólo implicaba ganar un estado físico impresionante (porque encima íbamos a hacer llave, lo que implicaba hacer dos veces el examen- como atacante y como atacado-), sino también aprenderse todos los movimientos, con sus variaciones y detalles. Resumen: 3 meses para preparar un examen de más de 2 horas… es decir, estábamos al horno con fritas.

Empezamos a darle duro y parejo, y de pronto nos sorprendió diciembre, con la mitad de las cosas sin ver y la otra mitad agarrada con alfileres. Con mi compañero de práctica empezaron los roces y chispazos (admito más de mi parte que de la suya) y nos planteamos seriamente no presentarnos a esta mesa, y dejarlo para la siguiente (las mesas de danes se abren cada 6 meses). Un día teníamos confianza en que llegaríamos, al otro nos frustrábamos y decíamos que lo pospondríamos (pero a pesar de estos desánimos seguíamos entrenando).  Y entramos en la recta final… dos semanas antes del examen nos dedicamos a entrenar a full los cinco días de la semana, más 6 hs los dos sábados que quedaban, yéndonos a La Plata al dôjo de un amigo que muy amable y desinteresadamente nos cedió no sólo el espacio de práctica, sino sus horas como instructor (gracias Javi Piñeiro!).

Llegó el gran día.  No estaba tan nerviosa desde mi época juvenil en donde la histeria me dominaba antes de cada concurso de equitación. Llegamos al dôjo temprano para dar una repasada rápida a todo (sólo para darnos cuentas que teníamos más lagunas mentales que seguridades… no nos salía nada!). Encima nos tocó uno de los peores días para hacer actividad física: húmedo, caluroso, pesado; costaba respirar y moverse. Comenzó la clase, y llaman a rendir primero a Sergio (un amigo de Neuquén que vino a dar la misma graduación). La merienda que había consumido jugó al ascensor loco en mi esófago las casi 2 hs que estuvo dando examen; tenía náuseas, me había enfriado, me dolía la rodilla y me sentía como el cuerno. Hasta que nos llamaron…

Pasamos al frente, saludamos, nos paramos e iniciamos. A la segunda técnica empezó a cambiar todo… fue casi mágico. Nos conectamos de una manera increíble, y comenzamos a fluir de una forma que creo hasta ese momento nunca habíamos experimentado, a pesar de estar practicando juntos desde hace tantos años. Yo sólo me concentré en respirar: mi objetivo era que me alcance el aire para las próximas horas. Nos atacamos francamente, y nos defendimos de igual forma, y si bien practicamos fuerte, las cosas simplemente salían. Nos encontramos ejecutando impecablemente técnicas en las que hacía meses fallábamos; estábamos nerviosos, sí, pero como si los nervios fueran un proceso ejecutándose en segundo plano. Lo que primaba era la armonía, la conexión, la energía, la sensación de estar absolutamente presente en ese momento y lugar. Fue una experiencia increíble, difícil de explicar.

Terminamos, rotos (al otro día no podía moverme), agotados, con algunos golpes importantes (jajaja de afuera luego nos dijeron que nos habíamos matado) pero absolutamente felices, con esa alegría que te desborda cuando diste absolutamente todo, cuando dejás que las cosas fluyan sin resistirte, cuando entrás en armonía, aunque sea un instante, con el universo. Tuvimos fallas, obvio, pero las mismas fueron también parte de la perfección del momento.

El examen fue un rito de pasaje que operó como tal: si bien nada se modificó, todo cambió desde el momento en que saludamos a la mesa y comenzamos a darlo. Fue un punto de quiebre en nuestra forma de practicar… el fin de una etapa y el inicio de otra. Me cayeron tantas fichas, me di cuenta de tantas cosas en ese momento! Fue como si se abriera una puerta en mi cabeza invitándome a explorar un paraje totalmente nuevo.

Dicen que en aikido el 1er dan es sólo el inicio. Coincido completamente. Y estoy absolutamente feliz de comenzar esta nueva etapa. Al menos el inicio de la misma fue, en su imperfección, en su unicicidad, inmejorable.  

Sol

p/d: perdón lo largo del post!! Lo resumí lo más que pude, pero toda la situación fue tan grande que definitivamente se merecía una descripción que le haga honor.

Acerca de Otra Rubia Tarada

Tengo veintitantos años (bueno, ahora ya entré en el terreno de los treinti...) y varias neurosis. Soy una inadaptada social que aún busca un lugar en este mundo, aunque estoy convencida que no lo tengo. Este viene a ser una versión 2.0 y pública de lo que alguna vez fue mi diario íntimo, en donde volcaré mis impresiones subjetivas del mundo y la gente que me rodea... Tal vez con la esperanza que alguien, algún día, entienda mi visión tan particular de nuestra existencia.
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