Recuerdos #4

Era el año que cumplía 9 años. Para ser más precisos, era el 16 de septiembre, unos cinco días antes de mi natalicio. Volvíamos de un entrenamiento de equitación con mi mamá en la moto (un ruidoso ciclomotor Zanella de 50 cc), cuando de pronto, de casualidad, lo vi. Casi lo atropellamos, porque por el color de su pelaje (un café con leche clarito) se confundía con la tierra de la calle por la que transitábamos.

Era cómico verlo: pura panza, las patitas tan cortas que aquélla prácticamente se arrastraba en el piso, orejón, con una mancha blanca en el pecho y la cola enrollada como la de un Shar Pei; de hecho, pensándolo bien, tenía cierto aire a esta raza, sólo que distaba unos 50 cm de altura (y mucho pedigree de por medio) de la misma. Salté de la moto y lo levanté, justo al mismo tiempo que una señora salía de una casa cercana y nos decía que si queríamos que nos lo lleváramos, que apenas tenía un mes. Puse mi mejor cara de mamá-por-favor-es-lo-último-que-te-pido-en-la-vida. Mi mamá se negó, diciendo que iba a terminar ella cuidando al perro, que era mucho lío, etc. Luego de rogarle y prometerle y jurarle que sería la absoluta encargada del can, y después del riguroso intercambio de promesas y compromisos, mi mamá accedió.

Lo levanté y lo puse en mi pecho, apenas una bolita de pelo corto aterrorizada. Lo bauticé Cambá que, irónicamente, significa “Negro” en guaraní (el pichicho no tenía ni un pelo oscuro). Le puse ese nombre en homenaje al cócker negro de una amiga que había muerto hacía poco. Con el tiempo creció, pero poco. Quedó así, cusquito, chiquito, con mucho cuero sobrante en el cuello, orejas grandes y caídas y la cola enrollada como un chanchito. Hermoso en su fealdad, inteligente como pocos, a Cambá sólo le faltaba hablar; lo que le faltaba en raza le sobraba en lealtad y amistad.

Estuvo con nosotros unos 10 años. El último año en dos ocasiones lo llevamos a la casa de mi abuela (distante varios barrios de la nuestra) porque nos estábamos mudando. La primera vez se escapó, y apareció en casa una semana después rengueando, lastimado, con todos los signos de haber vivido una odisea para regresar a su hogar. La segunda vez que se escapó nunca más lo vimos. Sospechamos que un vecino de mi abuela, que se había quejado que el perro ladraba, lo envenenó. Creo que es así porque, fiel y leal como era, sé que si no hubiera muerto hubiera encontrado la forma, sin importar cuánto le hubiera llevado, de encontrarnos nuevamente. Lo extraño mucho… fue una excelente mascota y un hermoso compañero.

Sole

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Acerca de Otra Rubia Tarada

Tengo veintitantos años (bueno, ahora ya entré en el terreno de los treinti...) y varias neurosis. Soy una inadaptada social que aún busca un lugar en este mundo, aunque estoy convencida que no lo tengo. Este viene a ser una versión 2.0 y pública de lo que alguna vez fue mi diario íntimo, en donde volcaré mis impresiones subjetivas del mundo y la gente que me rodea... Tal vez con la esperanza que alguien, algún día, entienda mi visión tan particular de nuestra existencia.
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